El olvidado perfil del gran Pablo de Rokha que escribió el notable periodista Tito Mundt – Al servicio de la verdad

No hay duda que Pablo de Rokha es uno de “los cuatro grandes” de la poesía chilena, junto a Pablo Neruda, Gabriela Mistral y Vicente Hudobro. A pesar de lo difícil que es encontrar hoy su obra, ella es buscada con especial tesón, en particular por las nuevas generaciones de seguidores del vate, quien se arrancó la vida en 1968.
Pablo de Rokha (de nombre real Carlos Díaz Loyola) es una de las figuras más volcánicas y monumentales de la literatura chilena. Fue un personaje de personalidad torrencial, polémico y rebelde. Su vida estuvo marcada por una lucha constante contra el establishment literario y por una profunda entrega a su familia y a su esposa, la también poeta Winétt de Rokha. Fue un artista que recorrió Chile vendiendo sus propios libros, lo que le otorgó un contacto único con la realidad popular y rural del país. Su lenguaje es acumulativo, lleno de adjetivos, hipérboles y una fuerza que parece querer abarcarlo todo: desde lo sagrado hasta lo profano.

Más olvidada es la figura de Tito Mundt, a pesar de que fue uno de los periodistas y cronistas más emblemáticos y singulares de la historia de Chile. Su figura expresa al “reportero total”: aventurero, trotamundos y dueño de una prosa ágil, personal y cargada de anécdotas. De hecho, es considerado el primer reportero internacional del periodismo chileno: recorrió el mundo en una época donde los viajes intercontinentales eran una rareza en la prensa local. En 1956, recibió el Premio Nacional de Periodismo (mención Crónica). Su vida terminó de forma tan cinematográfica y sorprendente como sus crónicas. El 10 de junio de 1971, falleció a los 55 años tras caer desde el piso 12 de un edificio en la esquina de Estado con Agustinas.

Además de sus miles de crónicas, publicó libros que recopilaban sus vivencias y visiones del mundo. Uno de ellos fue “Yo lo conocí: 204 personajes en busca de autor” (1965), en el que retraba a personajes que, en efecto, conoció en su trayectoria periodística, como Nicomedes Guzmán, Daniel de la Vega, Augusto D’Halmar, Francisco Coloane, Pedro Aguirre Cerda, Arturo Alessandri, Carlos Ibáñez y Eduardo Frei Montalva. En el campo internacional, desfilan Salvador Dalí, Charles Chaplin, Walt Disney, Marlene Dietrich, Ernest Hemingway, Evita Perón, Fidel Castro, Charles de Gaulle y John Kennedy, entre muchos otros.
Uno de los personajes que conoció y al que dedica un perfil es Pablo de Rokha, en el mismo año que recibió el Premio Nacional de Literatura. Reproducimos ahora el notable texto:
Ahora está en China comunista, pero, por mucho que le guste la revolución al camarada Pablo, por muy comunista que sea, por muy enamorado que esté de la hoz y el martillo, estoy seguro de que a esta misma hora, entre los arrozales y comiendo arroz con largos palitos de marfil, tiene que acordarse de su tierra en forma desesperada.
Cuando yo leí “Los Gemidos”, “Jesucristo”, “U”, “Epopeya de las comidas y de las bebidas de Chile”, “La escritura de Raimundo Contreras”, cuando lo escuché en el viejo Teatro Septiembre, de la Alameda, en los mismos momentos que acaba de sacarme el chupete y estirarme los pantalones, comprendí que me encontraba frente a un gran poeta, y más que un poeta, frente a un hombre desgarrado, destruido, fulminado por la muerte de su mujer, la gran Winet, y de su hijo Carlos.
Nadie quiere tanto a Chile como Pablo. No tiene mentalidad ni de Premio Nobel, de académico, de jurado, ni de traficante de las letras para ingresar en un puesto público, ni está hecho para repetir algunas variedades sublimes que le signifiquen trepar un escalón social.
Viste de negro por la muerte de Winet y anda con la poesía a cuestas. Podría decir como Danton cuando le insinuaron que huyera de Robespierre: “¿Se lleva, acaso, la patria en la suela de los zapatos?”.
Pablo es un gran patriarca, un viejo bíblico que camina gibado, y a grandes zancadas, por las calles, lleno de hijos, de nietos, de yernos, de sobrinos, de parientes y de libros. Nadie como él conoce los mostos de esta tierra, los monitos de barro de Pomaire, los cacharros de greda, los antiguos vinos, las perfumadas bodegas, las grandes barricas, los enorme toneles, los históricos asados, el charqui como cuero, las olas salobres, los viejos mares y los antiguos volcanes de esta tierra donde hemos crecido y donde un día alguna mano invisible nos va a cerrar para siempre los ojos.
Camarada Pablo: tú no necesitas ningún premio ni ninguna estatua. Caminando por los senderos de China, a través de los museos de Europa, vendiendo libros bajo la lluvia en Chillán, o transitando por las calles de Santiago, ya eres tu propia estatua ambulante.
No importa que lances imprecaciones y hables tanto de ti mismo… y que vivas aullando largos versos agresivos y saques revistas monumentales.
Con lo que has hecho hasta ahora basta para tener un nombre de hierro en la literatura chilena, colgado para siempre como una vieja espada en una panoplia.
Por Víctor Osorio. El autor es periodista.
Santiago, 8 de enero de 2026.
Crónica Digital.
